top of page

Javier Ignacio Lux: "La poesía es una extensión de mi cuerpo"

Por Rubén Dittus


Javier Ignacio Lux ha construido una voz poética que sorprende por su intensidad, honestidad y madurez. En Música para bipolares, la escritura se convierte en un territorio donde conviven la memoria, la enfermedad mental, la música, la familia y la búsqueda de sentido, sin renunciar nunca a la belleza del lenguaje. En esta conversación con Nass Papier, el autor reflexiona sobre el acto de escribir, la soledad, la obsesión por la palabra, los límites entre autobiografía y ficción, y el lugar que ocupa la poesía como una forma de habitar el mundo. Más que una entrevista sobre un libro, es un diálogo sobre aquello que impulsa a crear cuando las palabras parecen ser la única manera de comprender la propia existencia.


En el prólogo de Música para bipolares afirmas que la poesía no está en el poema terminado, sino en el acto mismo de escribir. ¿Qué ocurre durante ese proceso que consideras más importante que el resultado?

Para mí, lo más importante es la experiencia que nos lleva a escribir. Pero ¿por qué hacerlo? ¿Por qué escribir, pintar o hacer música? Porque sentimos. Sentimos odio, nostalgia, amor, miedo y tantas otras emociones que son imposibles de explicar. Y eso es lo que nos lleva a coger un lápiz, a veces con lágrimas colgando de los ojos, y escribir acerca de lo que nos ocurre. El arte no es solo el resultado: es el proceso que hay detrás, la experiencia que te impulsa a crearlo, la motivación, finalidad e intención. Y puede que a veces solo lo hagamos para sacarnos un peso de encima, pero eso, para mí, es más que suficiente.


Muchos escritores hablan de la soledad como una condición necesaria para escribir. ¿En tu caso esa soledad es una elección, una necesidad o una consecuencia de la escritura?

Diría que, en mi caso, ocurrió en ese mismo orden. Primero asumí la soledad como una elección, pues supuse que la única manera de lograr lo que quería era alejándome de los demás. Luego, se convirtió en una necesidad: ya no podía leer, escribir ni pensar con tranquilidad en contextos sociales; solo mi cuerpo estaba presente: un cuerpo vacío, ido. Finalmente, fue una consecuencia de ambas. Sé —porque me lo repito constantemente— que perdí a muchas personas por dedicarme a esto. ¿Valió la pena? No lo sé. No lo sé.


¿Quién es el primer lector de tus poemas? ¿Te reconoces como un editor severo de ti mismo o prefieres conservar incluso las imperfecciones del primer impulso?

Con el paso del tiempo, he aprendido a ser aún más severo en la edición. La diferencia radica en que ahora intento no mortificarme hasta el delirio. Y eso está muy ligado a entender que la perfección es algo que se puede rozar, pero no alcanzar.


¿En qué momento un poema deja de ser un texto en proceso y se convierte en un poema terminado? ¿Existe realmente ese momento o simplemente decides abandonarlo?

Llega un momento en el que me digo a mí mismo: terminé, puedo empezar con algo nuevo, algo mejor. Es soltar la obra, así como se suelta la mano de quien se ama. No siempre es fácil, pero es necesario.


Publicar un libro supone cerrar una etapa. ¿Te cuesta más terminar un poema o aceptar que ya no puedes seguir corrigiéndolo?

La primera vez me costó un montón, pues no podía dejar de pensar en todas las cosas que pude haber mejorado. En cierto sentido, fue como vivir el duelo de una persona a la que nunca le dijiste lo muchísimo que la amabas. No obstante, la experiencia me llevó a entender algo: el tiempo es quien dictamina cuándo una obra está terminada. Y ese es un bonito consuelo para alguien que se sabe mortal.


En Música para bipolares aparecen experiencias profundamente personales, pero nunca como un diario íntimo. ¿Dónde trazas la frontera entre autobiografía y construcción poética?

Creo que me he obsesionado tanto con la escritura que, por momentos, ya no diferencio la autobiografía de la invención ni la vivencia real de los sueños. El poema es una extensión de mi cuerpo, mente y tiempo. Soy lo que escribo. Soy quien escribe. Y, sin embargo, no puedo evitar preguntarme quién es la persona al otro lado del espejo. Esto me recuerda al fragmento de un relato de Borges que simplifica con precisión lo que en mi mente acontece: «Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro. No sé cuál de los dos escribe esta página».


El libro dialoga constantemente con la enfermedad mental, aunque evita convertirla en una etiqueta. ¿Te preocupaba que el lector leyera el libro únicamente desde ese prisma?

Escribí Música para bipolares con la intención de sentir que estaba haciendo algo por los demás (los lectores, en este caso), y no solo como un desesperado intento de demostrarme a mí mismo, o a quienes me importan, que puedo concretar lo que me propongo. Lo escribí porque sé que allá afuera hay gente que siente lo mismo que yo: gente que desea la belleza, gente que anhela tanto la vida como la muerte, gente que sueña sueños imposibles. Algunos me llamarán loco por creer que puedo conectar con otra persona desde la creación artística, pero es esa misma ‘locura’ la que me hace seguir escribiendo.



La música aparece como un motivo recurrente: jazz, canciones, ritmos, incluso el propio título del libro. ¿La música influye en el ritmo con que escribes o funciona más bien como una forma de memoria emocional?

Mi propósito con este libro, y con todo lo que escribo, en realidad, fue que se sintiera como una improvisación de jazz: con cambios de ritmo, compás y hablante lírico; con versos viscerales y ensordecedores, y otros más lentos, delicados. La poesía no es una superficie plana, sino todo lo contrario: está en constante movimiento. ¡Es un baile! Y respecto a la música en sí, esta siempre fue mi sueño, mi anhelo máximo, y si bien no lo alcancé como instrumentista, puedo decir que todas las noches toco el saxofón a través de las palabras.


En tus poemas conviven imágenes religiosas con escenas muy terrenales, incluso violentas. ¿Qué lugar ocupa lo sagrado dentro de tu imaginario poético?

La teología es una disciplina que me interesa muchísimo. Me atrevería a decir que, de cierto modo, es un arte: el arte de la narración, tal y como ocurrió en su tiempo con la mitología griega, las leyendas japonesas o los mitos de nuestro país. La Biblia, por dar el ejemplo más conocido, es un texto de gran riqueza en cuanto a narrativa, desarrollo de personajes y drama. De allí rescato ciertas imágenes (viscerales, en su mayoría) para complementar mis escritos; no por mero capricho visual, sino porque retratan con precisión lo que ocurre en nuestra sociedad.


El padre, la madre y la herencia familiar aparecen como figuras insistentes. ¿Escribir sobre ellos fue un ejercicio de memoria, de reconciliación o simplemente una necesidad literaria?

En relación a mi familia, solo puedo decir que escribir acerca de ellos fue un desahogo, un ejercicio de liberación y desapego.


En varios textos la escritura parece funcionar como un mecanismo de supervivencia. ¿Escribir te ayuda a comprender lo vivido o únicamente permite soportarlo?

Tengo dos respuestas para esta pregunta. Por un lado, pienso que la poesía no le salvará la vida a nadie; esa no es su finalidad. Lo importante es hacer cambios por nuestra cuenta, y mejor aún si estos actos son motivados o canalizados a través de la creación. La poesía no salva a la gente: le da un propósito. Por el otro, y dejando de lado la racionalidad, puedo decir que escribo porque soy un soñador y no me basta con la vida real.


Hay una tensión permanente entre el deseo de desaparecer y la necesidad de dejar una huella. ¿Crees que todo poeta escribe, en el fondo, contra el olvido?

Quiero tomarme la licencia para responder con una frase que pertenece al prólogo de mi primer libro: “Y si llego a fallar, y si el éxito nunca se posa a mi lado, y si estoy condenado a ser un individuo diminuto e invisible; bueno, en ese caso, lo aceptaré, y lo haré con gracia y devoción, y es que al final solo uno sabe lo que hay detrás de las cosas que nos llenan el alma. Que me recuerde quien me quiera recordar”. No me aterra el olvido: me aterra no tener a nadie a quien recordar.


¿Qué esperas que encuentre un lector que nunca ha vivido experiencias similares a las que atraviesan el libro? ¿Empatía, belleza, incomodidad o simplemente poesía?

Me parece que la incomodidad también es una forma de apreciar la belleza —lo que sea que signifique esa palabra—. En ese sentido, puedo decir que este es un poemario que puede producir cierta sensación de encierro, deformación y desamparo. Claro, también hay textos que invitan a la esperanza e ilusión, como ‘Mirar el cielo’ o ‘Aquí, allá y en todas partes’, y que contrastan con el resto del libro. Y es en esa oposición donde aparecen el jazz, la bipolaridad y la emoción llevada al extremo. ¿Qué espero del lector? El goce.


Después de publicar Música para bipolares, ¿sientes que el libro te representa plenamente o ya pertenece a una versión pasada de ti mismo?

Lo quiera o no, Música para bipolares ya es parte de mi historia de vida: lo llevo tatuado en la piel. Sé que hay muchas cosas que pude haber hecho mejor; cosas que, de vez en cuando, me quitan el sueño. Sin embargo, de no ser por esos errores, jamás habría escrito ‘Insolencia’: ese libro que aún no decido publicar por miedo a no volver a escribir nunca más. Soy la suma de todos mis aciertos, errores y decisiones. Y tengo que aprender a vivir con eso.

 
 
 

Comentarios


¿Cómo contactar a la editorial?

SOBRE LA RECEPCIÓN DE MANUSCRITOS

La editorial recibe manuscritos (ficción y no ficción)

durante dos períodos de cada año:

  • Primer semestre: enero y febrero

  • Segundo semestre: agosto y septiembre

Editorial Nass Papier E.I.R.L.

Casa Matriz: Alonso de Ovalle 284, oficina 216, Concepción (Chile)

Sucursal: Paseo Bulnes 169, Santiago de Chile
RUT 77.709.468-8
editorial@nasspapier.com
https://www.nasspapier.com/

¡Gracias por tu mensaje!

bottom of page